Durante los últimos años de mi vida, se ha venido gestando en mí un cambio, que si bien no fue previsto, he abrazado con mucha alegría pues estoy aprendiendo a vivir en el ahora, a estar más presente en mi vida.
Parte de ese cambio, inició con unos cursos de “Semiología de la vida cotidiana”, a los que he estado asistiendo. En el primero de estos cursos, aprendí algunas cosas sobre conocerme a mí, hay un par de conceptos que me han puesto, en serio a pensar:
Principio de realidad: El problema es un hecho. Los problemas no me hacen sufrir. Lo que me hace sufrir es mi actitud frente al problema: problemática.
Prejuicios: Todo lo que me han enseñado que debe ser y lo juzgo como tal, sin detenerme a pensar si en verdad así es como yo creo que debe ser .
“Toda persona tiene las más profundas razones para ser como es y para hacer lo que hace” (Alfonso Ruiz Soto)
Hace años pregunto ¿qué pasó conmigo?, ¿dónde me perdí?, supongo que muchos nos habremos hecho esas preguntas a lo largo de nuestras vidas, o quizás no.
Uno de mis libros favoritos es “El Principito”, la primera vez que lo leí, tendría unos 8 años, me impactó un diálogo que existe entre un rosa de 3 petálos y el principito en el desierto. El principito pregunta por los “hombres” y la rosa le contesta que los ha visto muy poco y le describe que “cómo no tienen raíces, el viento se los lleva”, la flor piensa que eso ha de ser muy molesto.
Yo crecí sintiéndome así, no tenía raíces, el viento me llevaba y era muy, muy molesto. Mientras estuve en la primaria, fue soportable, pero pasar entre 1 y 2 años en cada escuela se volvió algo muy desagradable. En esos tiempos, mi capacidad de adaptarme era buena, considerando que cruzaba la adolescencia.
Mientras crecía no existían los teléfonos celulares, facebook, whatsapp. Si tenías suerte, tus papás tenían línea telefónica y de vez en cuando podías hacer alguna llamada de larga distancia, en caso contrario (como el mío) mi modo constante de comunicación fue a través de cartas. El correo postal, durante muchos años fue mi mejor amigo y a la vez mi mayor enemigo. Las cartas que recibía me alegraban el día y a la vez me lo entristecían al por mayor, tenía que enterarme de lejos de las historias que no había podido vivir y en mi tristeza me perdía del momento en que sí podía estar presente. La mayoría de los cambios que viví desde mi infancia hasta mi adultez, casi siempre estuvieron impregnados de muchos kilómetros de distancia.
Todas esas cartas, cuentan historias de las que quise ser parte y no fui. Así que hubo un día, en que decidí no estar más tiempo triste por esta situación. Empaqué todas mis cartas, las guardé en una caja junto con mi corazoncito y dejé de escribir. Dejé de escribir cartas, dejé de escribirme historias, dejé de escribir diarios y dejé de relacionarme con otras personas como lo había intentado hacer por tanto tiempo, al fin si no tenía amigos entonces no estaría triste nuevamente por sentirme sola.
Me perdí de mi principio de realidad, si bien en ese momento me encontraba sola, no tenía por qué ser así en el futuro.
Han pasado 30 años desde que tomé esa decisión, me quedé con los amigos que guardé en aquel cajón (algunos de ellos aún son mis amigos, a distancia por supuesto), ¿será el momento de cambiar?
Jeny
